A mediados de los ochenta incorporó la fotografía a su obra. A través de la cámara, Morimura analiza los complejos intercambios culturales entre Oriente y Occidente y denuncia la imposición cultural y económica de Occidente sobre Japón. Asimismo, rechaza otras oposiciones como predeterminadas, poniendo en tela de juicio la identidad sexual, cultural o nacional, denunciando una globalización desequilibrada e impositiva. Morimura ha sido englobado en el grupo de artistas de los setenta que utilizaron la técnica del “apropiacionismo”.
Su famosa serie "Historia del Arte" es un homenaje y una mirada irónica y crítica de Yasumasa Morimura sobre la pintura occidental y un personal "ajuste de cuentas" de un artista oriental sobre la cultura europea y americana.
Esta intromisión la lleva a cabo insertando su rostro mediante ordenador en copias fotográficas de los cuadros para crear su propia y caprichosa historia del arte, convirtiéndose además en un irónico protagonista. Mediante esa intervención digital sobre los modelos, podemos observar como iconos fundamentales del arte occidental cómo la Mona Lisa, la Maja Desnuda o las Meninas –por citar algunos ejemplos– adquieren rasgos asiáticos, a través del propio rostro de Morimura que aparece sustituyendo al de cada personaje. El artista se pone en su lugar, en el espacio iconográfico reservado a los protagonistas de la historia del arte europeo, ejercitando lo que los expertos consideran un personal "ajuste de cuentas" con el Occidente colonizador.
Esta serie insiste en ocupar las imágenes invasoras en lugar de rechazarlas, dotándolas así de una nueva instrumentalidad cultural. Una constatación de que su afán, más que crítico y subversivo, es indagar en su propio ser, conocerse a sí mismo. Por otra parte, es evidente que el artista habla también, con humor e ironía, de otros aspectos importantes en el discurso artístico contemporáneo, como el desplome de las barreras culturales y el libre intercambio de influencias, además de parodiar la "alta cultura" y la forma en la que la gente contempla el arte consagrado por la historia.
Sus interpretaciones son cómicas, grotescas, irreverentes e incluso, kitsch. Pero, más allá del chiste visual, el interés se centra en la presencia constante de su rostro como estandarte de su cultura. De esta forma Morimura se involucra personalmente en la obra, utilizando todo tipo de recursos técnicos: desde los cuidadosamente preparados maquillajes, vestuarios y decorados; hasta las manipulaciones digitales con las que elimina el rastro del collage fotográfico que conforma la obra final.
La formación de Morimura en el arte, tanto occidental como japonés, le permite dotar a su obra de infinidad de matices. En ellos se pueden advertir abundantes guiños al espectador erudito que aluden a cuestiones biográficas sobre el autor de las obras de referencia, así como a detalles historiográficos o técnicos. Pero la suya no es una obra fácil, ya que discurre entre un ambiguo ámbito dual: Oriente versus Occidente, artista versus espectador, original versus copia, masculino versus femenino... Un simulacro de apropiaciones y de construcciones aderezadas con particular ironía.
Algunos expertos han definido su trabajo como una "sofisticada diversión", pero es obvio que esta actitud va más allá del mero entretenimiento: bajo esta pretendida ingenuidad se oculta lo retorcido y ambiguo de sus contenidos. A juicio de la comisaria de la muestra, Morimura, que ha recorrido ya todo el mundo con sus exposiciones, no es el arqueólogo de la historia del arte ni un explorador ingenuo que algunos críticos presentan. La exploración icónica le sirve también a su autor para ampliar su mundo de posibilidades existenciales y en este sentido su obra es sobre todo un acto de confraternización.






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