jueves, 30 de octubre de 2008

Yasumasa Morimura


"Gamberrismo ilustrado"



Yasumasa Morimura (Osaka, 1951) nació en Japón pocos años después del fin de la Segunda Guerra Mundial, acontecimiento que supuso profundos cambios en las relaciones entre Japón y Occidente. Estos cambios influyeron intensamente en su educación y en su posterior obra. Comenzó su formación en Osaka, hasta que en 1975 obtuvo una beca para la Kyoto City University of Art, donde permaneció estudiando diseño hasta 1978. Desde sus primeras creaciones se observa la base dualista de su obra (Oriente frente a Occidente, lo femenino frente a lo masculino, lo propio y lo extranjero, lo tradicional y lo contemporáneo...), así como el eje determinante de toda ella: el concepto de identidad.

A mediados de los ochenta incorporó la fotografía a su obra. A través de la cámara, Morimura analiza los complejos intercambios culturales entre Oriente y Occidente y denuncia la imposición cultural y económica de Occidente sobre Japón. Asimismo, rechaza otras oposiciones como predeterminadas, poniendo en tela de juicio la identidad sexual, cultural o nacional, denunciando una globalización desequilibrada e impositiva. Morimura ha sido englobado en el grupo de artistas de los setenta que utilizaron la técnica del “apropiacionismo”.



Mediante este procedimiento, el artista se apropia de imágenes clásicas del arte occidental para reinterpretarlas y recrearlas dándoles una nueva significación. De este modo, Morimura cosifica la obra (gran influencia de autores comoMarcel Duchamp o Andy Warhol), del mismo modo en el que siente que el pueblo japonés ha sido cosificado por la opresión occidental. A pesar de que su obra generalmente la desarrolla en fotografías a color sobre lienzos u otros soportes, también realiza audio/vídeo-instalaciones, e incluso colabora en giras teatrales desde el año 2000. Sin embargo su trabajo siempre ha gozado de aspecto teatral: el propio Morimura es el actor de su obra. Mediante un elaborado maquillaje y un agudo narcisismo, se transforma en los personajes de los grandes clásicos, dando una nueva identidad a las grandes obras canónicas.

Su famosa serie "Historia del Arte" es un homenaje y una mirada irónica y crítica de Yasumasa Morimura sobre la pintura occidental y un personal "ajuste de cuentas" de un artista oriental sobre la cultura europea y americana. El autor se apropia de lo occidental a través de sus imágenes para posteriormente convertirlas en propias, adaptándolas así a su visión particular y asumiendo con ello una actitud muy propia de la cultura nipona. El artista se cuela literalmente en los cuadros más representativos del arte occidental, transformándolos gracias a una especie de omnipresencia creadora, caracterizada por una impecable factura técnica. Consciente de la manipulación, lo primero que el espectador experimenta es admiración por esa maestría artística.


Esta intromisión la lleva a cabo insertando su rostro mediante ordenador en copias fotográficas de los cuadros para crear su propia y caprichosa historia del arte, convirtiéndose además en un irónico protagonista. Mediante esa intervención digital sobre los modelos, podemos observar como iconos fundamentales del arte occidental cómo la Mona Lisa, la Maja Desnuda o las Meninas –por citar algunos ejemplos– adquieren rasgos asiáticos, a través del propio rostro de Morimura que aparece sustituyendo al de cada personaje. El artista se pone en su lugar, en el espacio iconográfico reservado a los protagonistas de la historia del arte europeo, ejercitando lo que los expertos consideran un personal "ajuste de cuentas" con el Occidente colonizador.

Esta serie insiste en ocupar las imágenes invasoras en lugar de rechazarlas, dotándolas así de una nueva instrumentalidad cultural. Una constatación de que su afán, más que crítico y subversivo, es indagar en su propio ser, conocerse a sí mismo. Por otra parte, es evidente que el artista habla también, con humor e ironía, de otros aspectos importantes en el discurso artístico contemporáneo, como el desplome de las barreras culturales y el libre intercambio de influencias, además de parodiar la "alta cultura" y la forma en la que la gente contempla el arte consagrado por la historia.

Sus interpretaciones son cómicas, grotescas, irreverentes e incluso, kitsch. Pero, más allá del chiste visual, el interés se centra en la presencia constante de su rostro como estandarte de su cultura. De esta forma Morimura se involucra personalmente en la obra, utilizando todo tipo de recursos técnicos: desde los cuidadosamente preparados maquillajes, vestuarios y decorados; hasta las manipulaciones digitales con las que elimina el rastro del collage fotográfico que conforma la obra final.


La formación de Morimura en el arte, tanto occidental como japonés, le permite dotar a su obra de infinidad de matices. En ellos se pueden advertir abundantes guiños al espectador erudito que aluden a cuestiones biográficas sobre el autor de las obras de referencia, así como a detalles historiográficos o técnicos. Pero la suya no es una obra fácil, ya que discurre entre un ambiguo ámbito dual: Oriente versus Occidente, artista versus espectador, original versus copia, masculino versus femenino... Un simulacro de apropiaciones y de construcciones aderezadas con particular ironía.

Algunos expertos han definido su trabajo como una "sofisticada diversión", pero es obvio que esta actitud va más allá del mero entretenimiento: bajo esta pretendida ingenuidad se oculta lo retorcido y ambiguo de sus contenidos. A juicio de la comisaria de la muestra, Morimura, que ha recorrido ya todo el mundo con sus exposiciones, no es el arqueólogo de la historia del arte ni un explorador ingenuo que algunos críticos presentan. La exploración icónica le sirve también a su autor para ampliar su mundo de posibilidades existenciales y en este sentido su obra es sobre todo un acto de confraternización.



(Datos extraídos de "Fundación Telefónica")

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