Tenía ocho años cuando me regalaron mi primera cámara de fotos descartable.
Un pequeño trozo de plástico y cartón decorado en colores chillones al estilo ochentero, uno de mis tesoros efímeros más preciados.
Veía,
miraba,
observaba,
pensaba,
comparaba,
escogía.
Me gustaba tanto esa sensación de poder creativo, que resolví no apartar mi ojo derecho de la mirilla de la cámara, de modo que miraba el mundo seccionado dentro de un pequeño marco.
Todo lo demás no existía…solamente la cámara, mi ojo pegado a ella y lo que veía a través de ella.
Y así andaba tan contenta,
bizcando el ojo que no usaba para poder concentrarme más en esa realidad seleccionada por mí…
…me sentía tan poderosa…
…hasta que caí en la acequia.
Ví un trozo de plástico flotando en agua turbia,
ví un pedazo de cartón coloreado deshaciéndose corriente abajo…
El mundo seccionado dentro de un pequeño marco ya no existía…
…solamente todo lo demás.
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